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Si atendemos a los datos de la Confederación Empresarial Española de la economía social (CEPES), en su publicación “La Economía Social en España 2013”, estaríamos hablando de 44.563 empresas y 2.215.175 puestos de trabajo que representarían el 12% del Producto Interior Bruto español, es decir cerca de 151.000 millones de euros. Cifras que son ciertamente interesantes. Sin embargo estos números, que en otro contexto y por sí solos no representarían más que meras cifras macroeconómicas al servicio de los intereses del gran capital, contextualizadas en la economía social se ponen al servicio de las personas.

Este artículo no pretende cantar las alabanzas a los miles de millones de euros que genera la economía social, no se trata de cuantificar, sino de cualificar. No pretende ser un profundo estudio académico de las grandes cifras, ya que ni su formato de artículo lo permite, ni vamos a estudiar lo que ya está estudiado con bastante acierto.

Si una nota característica puede definir la relación entre la economía social y el territorio donde desarrolla su actividad económica es la vinculación. Tanto en su vertiente tradicional de cooperativas y mutualidades como en aquellas figuras de más moderna incorporación, el vínculo hacia el territorio personificado en sus habitantes es muy estrecho. No sólo es que se nutre de mano de obra en un territorio, sino que el capital económico que se apuesta pertenece a los proyectos personales de multitud de personas que desarrollan su vida profesional en la empresa.

A través de la observación de las cualidades del empleo que genera en el medio en que se desarrolla la economía social podemos observar su importante contribución a la cohesión social.  

El empleo representa la posibilidad de dar unos medios de vida dignos a las personas que trabajan en estas actividades económicas. Esto propicia que desarrollen su proyecto vital en donde viven y no se vean forzados a emigrar en pos de un trabajo. Esto último tiene especial relevancia cuando estas actividades de Economía Social se encuentran en el medio rural.

La economía social es un antídoto contra los procesos de deslocalización productiva. No obedece a motivos estrictamente económicos, cuentan los intereses de todos sus miembros. En aquellas formas en que la propiedad de la empresa es mayoritariamente de los trabajadores es muy difícil, por no decir casi imposible, que se trasladen todos ellos y su actividad económica a vivir a otra región o país. Además, en algunas cooperativas se está observando una continuidad generacional en el que los hijos se han vinculado laboralmente a las empresas de los padres.

Otro aspecto importante que se pone de manifiesto en la economía social es el empleo que genera entre los colectivos más vulnerables de ser excluidos del mercado laboral. Evidentemente esto no es a través de una sola figura ni circunstancias. Así encontraremos a los centros especiales de empleo como una herramienta inclusiva para las personas con discapacidad, siendo su vinculación al medio local más fuerte cuando su titularidad corresponde a fundaciones y asociaciones de los mismos y/o sus familiares. También las empresas de inserción juegan un papel fundamental en este sentido, ya que fueron concebidas para generar empleo entre las personas en situación o grave riesgo de exclusión social, como exreclusos, perceptores de rentas de inserción, extoxicómanos, etc.  Y, para finalizar estos ejemplo, el caso de las mujeres y las cooperativas, que fue una herramienta de incorporación al mercado de trabajo de la mujer española desde finales de los años setenta, y que se estima que en la actualidad representan un 48% del personal de aquellas.

Finalmente destacar que los estudios existentes sobre este tema también destacan que se favorece la igualdad de oportunidades en el acceso a puestos directivos, tanto de las mujeres, como del colectivo de mayores de 55 años; que se permite una mejor conciliación de la vida familiar y laboral; que existe una menor diferencia salarial entre directivos y el resto de los trabajadores; y con quienes trabajan en ellas suelen tener mayor estabilidad en el empleo a lo largo de su vida laboral.

Tampoco hay que olvidar la contribución de la economía social a la cohesión territorial. A nadie se le escapa que la realidad rural-urbana de nuestro país es todavía muy distante. E incluso dentro de las propias realidades rurales nada tienen que ver los amplios municipios andaluces con la atomización de los castellanoleoneses.

Pero volvamos a la brecha rural-urbana. Casi el 55% de las empresas y el 57% de los trabajadores adscritos a la economía social están establecidos en municipios de menos de 40.000 habitantes. Aunque comparado con el resto de empresas del ámbito rural su peso es pequeño, en torno al 5% de las mismas, es significativo que la economía social esté contribuyendo a la diversificación económica. Así encontramos experiencias cooperativas que gestionan residencias de ancianos o prestan servicios de atención domiciliaria a personas mayores del medio rural. Tampoco hay que olvidar el importante papel de las Sociedades Agrarias de Transformación a la hora de procesar y comercializar productos agroalimentarios, propiciando que el beneficio revierta sobre los productores del territorio y no sobre grandes compañía del sector.

El último ejemplo me lleva a recordar que la propiedad de los socios sobre muchas de las empresas que conforman la economía social posibilita que el reparto de beneficios económicos se focalice en el propio territorio en que desarrollan su actividad.

Por otro lado la economía social tiene un impacto positivo en las diferentes administraciones que deben velar por el territorio. Desde el punto de vista del marco de la utilidad social el desarrollo de las diferentes actividades económicas y la generación de empleo suponen, por poner dos ejemplos, un menor coste en prestaciones por desempleo, y un menor gasto en los servicios asistenciales dirigidos a los más desfavorecidos.

Finalmente me gustaría recordar que las prácticas democráticas que caracterizan a las principales figuras que conforman la economía social redundan en educar en democracia participativa y por tanto en la gobernanza. El hacer que las personas sean partícipes directos de las decisiones empresariales, analizando pros y contras, adquiriendo conocimientos sobre las consecuencias económicas de las diferentes decisiones económicas que puedan tomarse, y fomentando el debate y al opinión, sirven para crear conciencia sobre la importancia de participar en la toma de decisiones en todos los ámbitos se su vida.

Con todo lo anterior se puede concluir que la economía social produce un impacto positivo en el desarrollo socioeconómico local. Por supuesto que dada la amplitud de la misma existen distorsiones y variaciones de matiz en lo expuesto. Pero en conjunto es indudable que beneficia al medio local dotando a las personas de un medio de vida digno en el que mayormente son los protagonistas.