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Una de las sensaciones más comunes en las fechas en que estamos es la de que en Nochevieja acaba “algo”, una etapa marcada por el año que finaliza y que inicia algo nuevo. A veces dicha sensación es un alivio, pues se percibe como el fin de un periodo más o menos negativo personal y/o profesionalmente, o al menos como la oportunidad de reconducir positivamente dicha situación; otras veces genera desasosiego, pues posiblemente el balance del periodo sea bueno y se tema puedan cambiar las tornas, en cuyo caso se piensa en mantener, cuando no incrementar, todo aquello que nos genera seguridad y bienestar, y que posiblemente constituya aquello que comúnmente se denomina nuestra “zona de confort”. En otras ocasiones, incluso, esta sensación puede generar incertidumbre, pues sabemos que en un momento determinado del año entrante algo cambiará y no tenemos muy claro cómo nos irá después.

Por supuesto que dicha sensación no es real, o al menos no lo es objetivamente, pero lo importante es que nuestro cerebro sí que lo siente así, y ello ya es un primer dato al que deberíamos prestar atención. Es, gráficamente, como si sintiéramos que nuestra vida fuera un libro que, año tras año, pasa página; en estos momentos estaríamos precisamente terminando las últimas líneas del año en curso y nos dispondríamos, con ilusión y curiosidad, a palpar la hoja con la intención de moverla y empezar a saber qué nos depara el próximo periodo.

El hecho es que éste es un momento en el que tenemos la sensación de poder cambiar, reconducir o canalizar las cosas hacia donde nos interesa y, lo más importante, una predisposición a orientarnos hacia ello que deberíamos aprovechar. Usualmente, solemos utilizar las “metas para el próximo año” como la abstracción más común a la hora de enfocar dicha predisposición. En este punto, una vez en curso el nuevo año, pueden pasar tres cosas:

  • Primero, que terminemos a corto plazo totalmente desencantados con las expectativas generadas al finalizar el año, pues todo sigue igual, sino peor. Es una bofetada de realidad cuyo origen está en confiar en que las cosas se hagan solas, en dejarnos llevar en espera de la concatenación de una serie de hechos afortunados que cumplan con nuestras expectativas, y que lo normal es que acaben en frustración. Si tu actitud ante la vida es adoptar un papel pasivo, seguramente todo esto te habrá ocurrido en más de una ocasión.
  • Segundo, que terminemos a medio plazo desencantados con la expectativa generada, pues habiendo intentado llevarla a cabo, hemos tenido que desistir en un momento dado de tal esfuerzo. Es producto de un mal planteamiento, de querer concebir una carrera de fondo como una de cien metros lisos. Aspectos como una deficiente determinación, constancia, análisis de la realidad, medios utilizados, estrategia, etc., o incluso otros como una excesiva autosuficiencia o mala actitud, pueden ser elementos que minen nuestro ánimo en un momento dado y den al traste con nuestra aventura. Si sueles quedarte a medias con todo, sabes de qué estamos tratando.
  • Tercero, que terminemos a largo plazo satisfechos con la expectativa generada en su momento, pues hemos sido capaces de cumplirla en mayor o menor grado e, incluso, si no hemos sido finalmente capaces de haberla cumplido, ¡seguramente estaremos también satisfechos! Esta situación es la que viven aquellas personas que determinan bien aquello que quieren lograr, los cauces y tiempos que quieren utilizar, los medios para llevarlo a cabo, y que además ¡lo llevan a cabo! Se trata de convertir la predisposición de estos días en actitud, de canalizarla de la forma descrita, y de ser consistentes en el cumplimiento de nuestras metas. Incluso si eres una persona que encaja en los dos anteriores perfiles, seguramente recuerdes algún hecho de tu vida con el que te comprometiste totalmente, más o menos en la forma descrita y con mucho esfuerzo, y que al final logró materializarse en lo que deseabas. Ésa es la actitud, y la respuesta en términos de acción a la pregunta más lógica que deberías hacerte ¿lo quieres realmente o no?

Todo esto es muy importante a nivel personal, está claro, y en tal sentido podríamos hablar de las típicas metas de dejar de fumar, estudiar más, adelgazar, hacer deporte o un curso, por poner unos casos, como futuribles que, con constancia y rigor, nos proporcionarán alcanzar un estado deseado concreto. Si, además, tienes ante tus manos la responsabilidad de sacar adelante un negocio o una organización, la importancia de todo esto se incrementa exponencialmente, pues seguramente recaiga en ti la suerte de más personas y de metas como lograr un tamaño, acceder un segmento de población, abrir nuevos mercados, dar viabilidad a una línea de acción, etc. Tanto en uno como en otro caso, pero especialmente en éste último, es fundamental tener claras determinadas pautas que ayuden a que tu ánimo no decaiga y a que tengas mayores opciones de conseguir los logros previstos. Vamos a darte algunas claves que te ayudarán en tal empeño, y que te recomendamos hagas siempre por escrito, eso sí, teniendo muy presente que has de ser tan eficaz como ágil, pues como es sabido, “el tiempo es oro”.

En primer lugar, y es algo que deberías hacer cuanto antes, evalúa. Para ello utiliza, esencialmente, dos variables:

  • Tiempo. Analiza cuál es tu situación o la del proyecto o proyectos que quieres abordar en el momento actual. Haz una radiografía lo mas concreta y detallada posible del estado en que están las cosas. Una vez terminada, establece cuál seria la situación deseada dentro de exactamente un año (ojo, deseada no significa “ideal”, sino “posible”, con lo cual toca ser realistas y utilizar el sentido común).
  • Criterio. La radiografía descrita ha de llevarse a cabo en base a una valoración sometida a criterio, el mismo en ambos momentos, por lo cual dicho “estado de las cosas” hemos de alguna forma medirlo para que nos sea útil. La forma de hacerlo será introduciendo indicadores, es decir, elementos de valor que nos indiquen en qué cantidad, calidad y duración se manifiesta o es esperable se manifieste el elemento analizado.

Se trata de saber dónde estamos y hacia dónde (y cómo) nos dirigimos. Una vez hecho lo anterior, sobre ambos momentos y en base a los mismos criterios de análisis, realizaremos una comparativa que nos resultará fundamental, ya que nos dirá si nuestro propósito es factible y, además, nos indicará en gran parte el esfuerzo y detalles del trabajo que hemos de llevar a cabo. Dicho de otra forma, nos sugerirá la hoja de ruta a seguir durante el próximo año.

En segundo lugar, y sobre la base de los resultados del anterior punto, establece tus objetivos. Cuidado, no te evadas: un proyecto, un objetivo. Procura además no confundir un objetivo con un deseo. Para ayudarte en tal tarea, echaremos mano de la técnica SMART, un clásico que te será de mucha utilidad para definir tus objetivos. En dicha lógica, un objetivo debe ser:

  • S[pecific], es decir, específico, claro y concreto. Céntrate en lo que quieres lograr de la forma más delimitada posible; huye de generalidades que no te llevan a ningún lado, como “ganar más dinero” o “tener éxito”; concreta exactamente lo que quieres y crees podrás alcanzar, determinará lo que puedas o no hacer.
  • M[easurable], es decir, medible. Se trata de establecer los atributos específicos de lo que quieres lograr, lo que además agradecerás mucho, pues sobre el desarrollo de esta medición tendrás que tomar decisiones en función de que vayan cumpliéndose tus previsiones o no.
  • A[chievable], es decir, alcanzable y realista. Evita querer abarcar mucho más de lo que puedes hacer, pues al final te encontrarás totalmente desbordado. Todo objetivo es un reto, no hay duda, pero ha de ser alcanzable; en su cumplimiento reposa la renovación de tu compromiso con tu proyecto.
  • R[esult oriented], es decir, orientado a resultados. Los resultados son las condiciones que han de darse para que un objetivo se cumpla. Identifícalos, pues de su análisis obtendrás la lista de actividades y tareas que habrás de llevar a cabo.
  • T[ime limited], es decir, limitado en el tiempo. En este caso lo tenemos sencillo, pues lo estamos orientando a un año completo. Puede durar más, pero conviene que nos centremos en el caso que nos ocupa, en el año completo o en duraciones inferiores, el porqué de lo cual lo tendrás claro al analizar la última de las claves propuestas.

En tercer lugar, planifica. Es decir, convierte en actividades (y tareas para llevar éstas a cabo) a realizar todo lo pretendido en el anterior punto. Es la fase de trabajo más estratégica y trascendente, donde la hoja de ruta cobra forma definitiva, y en donde tendrás plena consciencia de la carga de trabajo que puedes y habrás de llevar a cabo. Si en este punto ves que no podrás con algo, revisa las anteriores pautas y, sobre el nuevo marco, vuelve a planificar. Un consejo: vas a fallar en determinadas cosas durante la ejecución de tu proyecto, eso es consustancial a nuestra condición humana, así que procura no obcecarte en la perfección, lo que no quita para que sí seas perfeccionista.

En cuarto lugar, lo más importante: ejecuta. No olvides que todo el trabajo anterior se orienta a la acción, y en tal sentido actúa con sentido práctico; haz bien dicho trabajo, pero ése “no” es el trabajo. Decide cuándo y cómo pasarás a la acción, y actúa.

Por último, y para finalizar, una vez acabe el año entrante sería muy recomendable que de nuevo evalúes, esta vez sobre el grado de cumplimiento de lo que ahora te propongas. Lo tendrás sencillo, pues realizarás valoraciones sobre la base que construirás ahora, y que te hemos presentado en las anteriores claves. Las conclusiones de esta nueva valoración serán los cimientos del siguiente ejercicio, que seguramente abordarás con muchas más garantías ¿no crees?

En tu caso, ¿cómo sueles plantearte las metas a alcanzar al iniciar cada año? ¿has utilizado alguna herramienta de planificación en algún momento? ¿con qué resultado?