Un año más llegaron las vacaciones de Semana santa. De nuevo las procesiones, las de carácter religioso y las de los coches en las que varios millones de penitentes conductores y familiares se desplazan. De nuevo los debates de que si en un país aconfesional deberían ser festivos día religiosos, si las autoridades civiles deberían ir a las procesiones eclesiástica; y los más radicales diciendo que hay que cerrarlas en las plazas de toros o en los estadios olímpicos (que vayan a decirle al dueño de un bar con terracita de Sevilla que las metan en la Maestranza). Pero sea como fuere la Semana Santa es un hecho cultural latente en la sociología nacional.

Este año el tiempo ha acompañado más que en otras ocasiones, lo cual ha motivado un mayor número de desplazamientos con el consiguiente desembolso económico por parte de las economías domésticas. Y los datos son indiscutibles. Ocupaciones de un 85% en adelante en los establecimientos hosteleros, según datos facilitados a nivel autonómico. Una alta generación de empleo temporal, por ejemplo en una capital de provincia de 130.000 habitantes produjo por varios días un millar puestos de trabajo. Gasolineras llenas. Bares y terrazas a rebosar. Y “donativos” de diez euros en adelante para tener una asiento en zonas privilegiadas de las procesiones (que me pregunto yo: “¿qué pensará Montoro de todo esto?”; que no me meto con lo que los fieles echen en los cepillos, pero si con el mercantilismo que llevó a Jesucristo a echar a los mercaderes del templo).

Con independencia de que los desplazamientos se hayan producido por motivos religiosos o simplemente lúdicos (estaciones de esquí y alojamientos de turismo rural a rebosar) la Semana Santa posee una importante vertiente económica.

Sin embargo lo que en este artículo interesa de la Semana Santa no es cuántos ingresos ha generado en el Producto Interior Bruto. Lo que se pretende es ver el mejor ejemplo palpable de cómo lo inmaterial, en este caso la manifestación ritual del hecho religioso, es capaz de traducirse en importantes ingresos monetarios. Se puede objetar perfectamente que no todo en Semana Santa gira alrededor de lo religioso. Efectivamente. Pero el origen y evolución sí, y esa evolución es lo que realmente nos interesa. El camino que se ha trazado para llegar a tal situación.

Haciendo un poco de teoría; en términos de generación de actividad económica local podemos hablar de recursos endógenos o exógenos, según sean estos propios e identificados con el territorio  o no. Y dentro de estos recursos endógenos se pueden subclasificar en materiales e inmateriales. Pues bien, la Semana Santa es el culmen de cómo un sentimiento religioso ha ido evolucionando hacia algo perceptible y con un fuerte impacto económico en lo local.

En el fondo a todos los ámbitos locales, sean rurales o urbanos, les gustaría tener su particular “Semana Santa” que convirtiese en dinero el patrimonio inmaterial que poseen. Sin embargo esto no es nada fácil. Primero porque identificar y concebir como recurso económico lo intangible es dificultoso para la racionalidad en la que se nos educa. Segundo porque generar el suficiente interés sobre un hecho de este tipo no es cuestión badalí. Y tercero porque para su puesta en valor es necesario el trabajo conjunto de todos, administraciones, ciudadanos en general, grupos de interés como los hosteleros. Pero no nos agobiemos, no hay que olvidar que esta puesta en valor no es cosa de un día.

Cuando me refiero a la puesta en valor de lo inmaterial no me refiero a entrar la lista del Patrimonio cultural inmaterial de la Unesco; de hecho la Semana Santa no está. Se trata de que las diferentes tradiciones culturales de nuestro ámbito local, que reflejen nuestra identidad social y cultural, se utilicen para generar valor socioeconómico local. Generando un flujo económico directo durante el día o días que se celebren estas tradiciones.

La verdad es que esto suena muy bien. Porque ¿A quién no le gustaría que su cultura local generase ingresos de caja en su entorno? Porque otra cosa no, pero tradiciones culturales tenemos al menos una por pueblo y hasta por barrios. Y claro, la mayor parte de la gente piensa que la suya es mejor que la del pueblo de al lado y es la que debe potenciarse.

No pretendo con este artículo más que llamar la atención sobre este tipo de recurso para la generación de actividad socioeconómica. A la vez que introducir la inquietud sobre el tema de la puesta en valor de lo intangible que desarrollaremos en artículos posteriores.

¿Piensas que es posible movilizar los elementos intangibles de nuestra cultura para generar beneficios económicos? ¿Cuáles conoces con enfoque local?