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Yo pondré el desarrollo local.

Yo pondré el desarrollo local.

En 1897 William Randolph Hearts, considerado uno de los padres del periodismo amarillo, envió a Cuba al dibujante Frederic Remington para que retratase la “crueldad” española en la Provincia de Cuba. Al encontrar todo en calma y sin indicios de guerra inminente,  el dibujante escribió a su jefe para pedir permiso para regresar a los Estados unidos. Hearts, sin embargo, le respondió: “Usted facilite las ilustraciones que yo pondré la guerra”.

Pues esta anécdota describe, salvando las distancias, uno de los mayores riesgos que pueden darse en el desarrollo local: dirigir e imponer éste desde arriba. Encontrarnos con una figura que por su importancia pretenda dirigir los diferentes procesos socioeconómicos ofreciendo su visión y supeditándola a sus fines. Incluso aunque se tengan las mejores intenciones y una visión fidedigna del problema a atajar y de las soluciones a aplicar el dirigir el proceso sin contar con sus implicados es un error. El ilustrado lema “todo para el pueblo pero sin el pueblo” no es válido en pleno siglo XXI.

Los gobiernos que han dejado grandes cantidades de dinero en dinamizar un territorio pero que no han contado con su población han fracasado. Evidentemente si centramos el tema en nuestro entorno más inmediato veremos unos rasgos de participación que en entornos más alejados no encontraremos. Pero aún así existen algunos factores que pueden ser susceptibles de mejora.

Un error muy común puede ser el de pensar que el desarrollo local se logra “a golpe de talonario”, que dotando de infraestructuras a la población para que puedan desarrollar sus negocios ya está todo hecho. Se equivocan, cualquier política que no salga de escuchar a los interesados puede desviarse de las auténticas necesidades de los mismos.

No hay que perder de vista que cuanto más próxima es una administración a los ciudadanos más pronta respuesta esperan. Lo cual no exime que desde los ámbitos de decisión supranacionales a los locales deban de contar con los habitantes de los diversos territorios a la hora de diseñar sus políticas de desarrollo local.

Un ejemplo podemos encontrarlo en las diputaciones. Cuando una diputación escucha a sus ciudadanos, representados en cargos electos, responsables de Grupos de acción Local y al tejido asociativo, más posibilidades tendrá de desarrollar unas líneas de trabajo acordes a las necesidades ciudadanas. Si a esto le une el que sus técnicos de desarrollo local recojan las inquietudes del día a día del territorio en que trabajen, pues mucho mejor. Cuando una diputación atiende sólo a directrices políticas lo más probable es que gaste sus recursos y se encuentre con las naves de los polígonos industriales vacías (Si incluso habiéndolo hecho y debido a la actual crisis esto está sucediendo, qué decir de aquellos casos en que no se ha contado para anda con la gente).

Lo que es indudable en términos de sociedad democrática es que cuanto mayor sea el grado de participación de los ciudadanos mayor será la calidad democracia a la hora de tomar decisiones. Y lo que es más importante, la democracia que promueve la participación rebaja las tensiones sociales haciendo partícipe a la población de las decisiones, esto implica no sólo votarlas, también ser responsables a la hora de su cumplimiento.

Evidentemente dar participación no significa hacer cualquier cosa con la excusa de que la decisión se ha tomado por mayoría. Hay que respetar los límites que marque la legalidad y el destino con el que se haya dotado a unos determinados fondos económicos, son de obligado cumplimiento.

Con todo lo anterior no estamos hablando de otra cosa que de “gobernanza”, como forma en que los poderes públicos permiten la participación de la ciudadanía en la participación de las decisiones que les afectan. En futuros artículos desarrollaremos este tema que hemos introducido.

¿Consideras que se da suficiente participación a los actores implicados por parte de los poderes públicos? Si tu respuesta es que no ¿cómo lo solucionarías?

¿Has sido partícipe de algún proceso participativo de toma de decisiones? ¿Cómo fue tu experiencia?

 

Fotografía: Por geralt  CC0 Public Domain. [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], vía http://pixabay.com/

Autocomplacencia: Pecado mortal en las organizaciones.

Autocomplacencia: Pecado mortal en las organizaciones.

Aunque hoy toque hablar del pecado mortal, tranquilos, no se trata de una lección de Teología, es algo más mundano. Si en el ámbito de la fe el pecado es la “transgresión voluntaria de los preceptos religiosos”, el añadir “mortal” se refiere a la más grave de las “transgresiones”, es decir, que lleva directamente al infierno. En cambio en el ámbito de las organizaciones es aquello que conduce al fracaso.

Con este artículo me gustaría llamar la atención de todas las organizaciones participantes del desarrollo socioeconómico local en sentido amplio, lo mismo a una Organización No Gubernamental, que a una Administración Pública, que a una Pyme o incluso a un profesional individual de los descritos en el post de “¿Cultura empresarial para autónomos y micropymes?“.

El Diccionario de la Real Academia Española define la autocomplacencia como la “Satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser”. A priori esto no es negativo ni positivo, el problema surge cuando la autocomplacencia conlleva mecanizarse en lo que se hace y no plantearse si se puede hacer de otra manera para obtener los mismos o mejores resultados. Es decir, que podemos ubicar la autocomplacencia en la zona de confort de la organización, donde obtiene los resultados esperados y funciona por la propia inercia generada anteriormente. Es una situación cómoda; el problema surge cuando ésta limita a la organización y la estanca.

La autocomplacencia suele plasmarse en una relajación en todos los miembros que componen la organización. Se trabaja de manera sistemática y se pierde el foco de atención en lo que se hace, lo que ocasiona que se tarde más en detectar las pequeñas distorsiones. La organización está en un limbo, meciéndose plácidamente en aguas calmadas, sin ver más allá de sus límites.

Para no caer en la autocomplacencia lo primero que hay que hacer es demostrar cierta valentía. Me explico, sentirse orgullosos de los resultados alcanzados como organización no es incompatible con hacerse preguntas sobre cómo los hemos obtenido. Esto, que debería ser habitual no lo es, ocasionado en múltiples casos por el propio sentimiento de afiliación que necesitamos los humanos, como bien indican la Teoría de las tres necesidades de McClelland. Una vez que estamos plenamente integrados en un grupo en el que vemos que además los resultados obtenidos son positivos, es difícil ver que existen otros planteamientos diferentes a la hora de actuar, ya que los cambios podrían producir un desplazamiento en la zona de confort de la organización, y por lo tanto en la nuestra personal.

No se debe caer en el error de pensar que no es bueno para la marcha de las organizaciones poner en duda cómo están realizando su trabajo cuando las cosas van bien; erróneamente tenemos miedo de las críticas, obviando que las hay destructivas y constructivas. Precisamente ese es el mejor momento, porque cuando todo vaya mal seguramente no tendremos ni el tiempo para reflexionar, ni la oportunidad de hacerlo, estando pendientes de cómo no caer en el naufragio. El signo de los tiempos es el cambio constante, lo que obliga a que las situaciones tengan que estar replanteándose de continuo. Que algo funcione en el pasado no significa que vaya a seguir haciéndolo en el futuro.

Cada tipo de organización deberá enfocar su análisis en función de su misión; no es lo mismo una administración pública que una ONG. No obstante todas ellas deberían reflexionar en clave de procesos, mirando más allá de los resultados obtenidos.

Por ejemplo, supongamos que una diputación financia la creación de empresas en el medio rural y destina medio millón de euros. Al finalizar la convocatoria adjudican todo el importe económico y contribuyen a crear 50 empleos estables en 20 proyectos que han subvencionado. Institucionalmente son unos datos muy vendibles, pero se me ocurren una serie de preguntas que pueden lanzarse, a modo de ejemplo, en clave de proceso. La primera cuestión podría ser si las bases que regulan la convocatoria son las mismas que en años anteriores y cuántos años hace que no se modifican. La segunda cuestión es conocer si hemos tenido en cuenta la opinión de los destinatarios de las mismas a la hora de diseñarlas, si las han redactado los técnicos del departamento junto a los cargos electos, o si se han preocupado de conocer las necesidades de los autónomos y profesionales de su provincia. La tercera cuestión se fundamenta en sí se han tenido en cuenta factores como la innovación, el aprovechamiento de recursos endógenos, o la singularidad de la actividad en la zona de influencia. Y así en todo el procedimiento hasta la conclusión del mismo. Evidentemente todo ello presidido por la legalidad normativa que debe regir en toda la Administración Pública, tener en cuenta las opiniones de terceros no significa infringir la ley.

En todo caso no debemos perder de vista las dos afirmaciones de este párrafo. Que los resultados sean positivos no quiere decir que se estén haciendo bien las cosas. Que seamos eficaces respecto a la consecución de los objetivos planteados no conlleva que se hayan conseguido eficientemente.

Del análisis de los procesos de nuestra organización en una situación previa de autocomplacencia podemos obtener dos tipos de conclusiones. Puede darse el caso de que el engranaje de la organización esté trabajando eficientemente, administrando correctamente los recursos y obteniendo los resultados que éstos permiten, en cuyo caso la autocomplacencia está justificada. Pero también puede ocurrir lo contrario, que a pesar de cumplir los objetivos organizacionales los recursos no estén trabajando eficientemente; por lo cual tendrá que reasignar recursos.

El último ejemplo del párrafo anterior conlleva un dilema para la organización: “¿qué hacer con los recursos sobrantes?”. La organización puede optar por utilizarlos para obtener mayores resultados o abrir nuevas líneas de productos o servicios. Pero también puede optar por deshacerse de ellos. También hay que tener en cuenta que no es lo mismo cuando hablamos de recursos materiales, que cuando se trata de los recursos humanos de una organización. Pero qué hacer con estos recursos es materia para otro artículo.

¿Es tu organización autocomplaciente? Y si es así ¿realmente puede permitírselo? ¿Participan vuestros usuarios, colaboradores, clientes, etc. del análisis de nuestros procesos?

 

Fotografía: Por Sipa CC0 Public Domain. [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], vía http://pixabay.com/

Ya está aquí la economía colaborativa.

Ya está aquí la economía colaborativa.

Para aproximarnos al fenómeno de la economía colaborativa podemos usar como referente la forma en que la define la P2P foundation, quien la señala como un nuevo modelo de intercambio económico caracterizado por la interacción entre el productor y el consumidor, conexión entre pares, y la colaboración. En algunas de las manifestaciones del modelo adquieren gran trascendencia las plataformas digitales como herramienta para su desarrollo, aunque no esté presente en todas las situaciones que se pueden considerar economía colaborativa.

La economía colaborativa se suele dividir en cuatro grandes segmentos: el consumo colaborativo; la producción contributiva; las finanzas P2P; y el conocimiento abierto. En artículos posteriores desarrollaremos los mismos. Pero volviendo a la introducción al tema.

Recuerdo que las primeras veces que escuché hablar del término vinieron a mi memoria algunos anuncios que de vez en cuando aparecerían en los tablones de mi época de universidad, principalmente para intercambio o venta de libros, y búsqueda de acompañantes para compartir coche y venir desde tal ciudad. Pues la economía colaborativa es lo mismo, pero el tablón de anuncios se puede ver en  casi cualquier parte de la Tierra. Representa elevar a la máxima potencia el intercambio entre iguales (peer-to-peer).

Todavía es un fenómeno que se está conformando y en el que queda mucho de analizar para poder asentar una definición universal sobre el mismo más allá de unos mínimos comunes. Y es que las posibilidades que ofrece el unir el flujo de ideas y su transmisión universal son muy poderosas, en especial en cuanto a sus manifestaciones basadas en el uso de las tecnologías digitales.

Algunos ejemplos de economía colaborativa que podemos encontrar ya en distintos ámbitos son: Respecto a espacios físicos, encontramos desde huertos compartidos, pasando por espacios de coworking para emprendedores, hasta alojamiento privado. En el transporte, desde el uso compartido del automóvil al taxi colectivo. Financieramente están los préstamos entre particulares. Y en bienes, desde intercambio de ropa hasta el bookcrossing.

Podemos resaltar algunos aspectos de la economía colaborativa que llaman la atención en la misma. Uno es su contribución a la optimización de recursos infrautilizados. Otro que la base de la relaciones entre iguales se basan en la confianza. Y finalmente, en lo económico, es la diversidad de situaciones que lo conforman, existiendo unas veces gratuidad, otras trueque y otras precio que genera un beneficio.

Incidiendo en la vertiente económica. Como todos los cambios, por un lado producen incertidumbre y por otro miedo en quienes pueden verse afectados, en especial en aquellos sectores de alta regulación administrativa. Los estados están reaccionando en diferente medida entre la regulación y la prohibición, a veces motivados por grupos de intereses económicos. Sin embargo no deja de ser una manifestación económica en que  “Papá Estado” pretende “sacar tajada”, especialmente en España donde pagamos impuesto sobre lo ya pagado en su día con sus correspondientes impuestos. Y es que la mayor parte de los estados no se oponen a que ejerzas tus libertades siempre que “pases por caja”, previo argumento de que es para financiar el estado del bienestar que es de todos. Para este fin más les valdría atajar la corrupción, los privilegios que existen a pesar de la igualdad jurídica,  y utilizar eficaz y eficientemente los recursos de que disponen.

Finalmente decir que la economía colaborativa contribuye al desarrollo sostenible ya que conjuga sus tres vertientes, la económica, la social y la medioambiental.

Independientemente que se esté a favor o en contra de este tipo de fenómenos, lo que sí es un hecho constatable es la fuerte repercusión que están teniendo y sobre todo la que pueden tener en un futuro en la concepción tradicional de la economía.

En próximos artículos seguiremos acercándonos a este fenómeno, que a buen seguro nos seguirá deparando noticias, nuevas formas de manifestarse, e intensos e interesantes debates.

¿Qué opinas de este fenómeno? ¿Crees que en los próximos años va a alcanzar una gran dimensión?

 

Fotografía: Por geralt CC0 Public Domain. [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], vía http://pixabay.com/

 

Economía social en Latinoamérica.

Economía social en Latinoamérica.

En artículos anteriores hemos abordado el origen histórico de la economía social y su marco jurídico en España. Aunque el fenómeno es de origen francés y con gran desarrollo en el continente europeo, también se repite en otras partes del mundo. Por su afinidad me ha parecido interesante hacer una breve aproximación a su situación en Latinoamérica.

Abordar un fenómeno desde la realidad plurinacional es altamente complicado porque no existe un marco jurídico único que defina lo que se entiende por economía social en cada uno de los países, a lo que hay que añadir un trato diferente y disperso de los datos sobre las entidades que conforman la economía social. Por eso este artículo debe tomarse como una somera aproximación de la realidad de todos y cada uno de los países latinoamericanos.

Lo primero que llama la atención al acercarse a la economía social en Latinoamérica es que en muchos casos se le añaden las palabras “y Solidaria“. Con la economía solidaria o de la solidaridad se hace referencia a actividades que, aunque no son parte de la economía formal tradicional, comparten objetivos y principios de la economía social. No obstante sigue debatiéndose la unión de ambos términos.

A pesar de la variedad de figuras que son consideradas economía social en Latinoamérica, atendiendo a las diversas fuentes éstas se pueden clasificar en cuatro grandes grupos. Así podemos encontrarnos con las Mutuales (en España llamadas Mutualidades), Cooperativas, Fundaciones, y Asociaciones con finalidades socioproductivas y de promoción. Entre estas últimas encontramos, por ejemplo, las organizaciones campesinas y las comunidades indígenas.

Respecto a las comunidades indígenas algunos documentos destacan la raigambre cultural que la economía social tiene en las mismas, refiriéndose a los sistemas cooperativos que presidían las relaciones dentro de estas comunidades en tiempos pasados.

Aunque no existen datos totales y absolutos que cuantifiquen el peso de la economía social en Latinoamérica, se han realizado varias investigaciones para mostrar su dimensión. La obra La Economía Social en Iberoamérica: Un acercamiento a la realidad, editado por la Fundación Iberoamericana para la Economía Social (FUNDIBES) en 2005, hace referencia en su capítulo dedicado a Mercosur a que en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, han  constatado la existencia de casi 15.000 entidades cooperativas con cerca de 21.500.000 de asociados. Y esto sin estar completos los datos referentes a Brasil, ya que sólo facilitó información uno de los movimientos asociativos cooperativos. Algunos otros datos ofrecidos también por FUNDIBES, en este caso en 2009, señalan que en toda Latinoamérica podrían ser cerca de 700.000 las entidades de economía social y de solidaridad.

También varía por países el grado de apoyo desde las instituciones al fenómeno de la economía social y el nivel de desarrollo de los instrumentos de apoyo para las entidades que conforman este sector. Así, mientras que en Ecuador uno de los motivos que han llevado a legislar en el sector de la economía social, ha sido permitir a los productores agrícolas comercializar sus productos sin pasar por las manos de un intermediario, en México se ha constituido la Academia Mexicana de Economía Social y Derecho Cooperativo, auspiciada por los poderes públicos.

Volviendo a México es interesante comentar que la finalidad de dicha academia es presentar propuestas en materia legislativa, que posibilite, en las palabras de la Presidenta, “armar el andamiaje jurídico que permita a la economía social convivir en armonía con la capitalista para lograr más puestos de trabajo y autoempleos”.

Lo que sí se puede afirmar es que en todos los países existe preocupación por esta materia y están dando pasos a favor de la misma, con independencia que en unos se tomen mediadas más trascendentes que en otros.

En mi opinión la economía social y solidaria puede representar un papel de primer orden en el desarrollo socioeconómico de los países latinoamericanos. Que los propios individuos sean responsables de su futuro económico, lo controlen, gestionen y tomen decisiones tiene un gran valor para el empoderamiento de las personas. También considero fundamental el papel de la Economía Social de cara a permitir que la denominada economía informal, fenómeno altamente desarrollado en Latinoamérica, pueda mutar en economía formal. Esto es importante porque puede permitir a personas que habitualmente están excluidas del sistema facilitarles un empleo reglado con las ventajas que ello conlleva, desde el acceso a un sistema sanitario hasta una pensión de cara a su jubilación. Además del alto valor para el desarrollo sostenible desde sus diferentes enfoques, social, ambiental y económico que tiene el desarrollo de la economía social.

¿Consideras el fomento de la economía social como un factor de primer orden de cara al desarrollo socioeconómico en Latinoamérica? ¿Conoces alguna experiencia de Economía Social en algunos de estos países y quieres compartirla?

 

Fotografía: Por OpenClips CC0 Public Domain. [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], víahttp://pixabay.com/

Desarrollo Local VS Desarrollo Local.

Desarrollo Local VS Desarrollo Local.

A mediados de los años noventa del pasado siglo, estando en la universidad, recuerdo haberme acercado con curiosidad al tema del desarrollo local. El término resultaba atractivo y de vez en cuando si caía en mis manos algún artículo o publicación sobre la materia le echaba una ojeada. Todavía estaba lejos de pensar que mi vida profesional me iba a llevar a trabajar en la materia.

Lo que sí detecté de inmediato fue la existencia de dos posiciones contrapuestas. Como si de un combate de boxeo se tratase asistíamos a un enfrentamiento entre una postura que concebía el desarrollo local como favorecer el desarrollo social en un sentido amplio, frente a una postura eminentemente económica cuando no economicista.

El avezado e inteligente lector dirá, “pues si entendían el desarrollo social en un sentido amplio, también incluirían la postura económica”. Pues no era lo habitual. Como si de algo excluyente se tratase o se tomaba partido por una postura, o se tomaba por otra.

No se puede escapar de vista que este debate está condicionado principalmente al contexto territorial de referencia; es decir, no es lo mismo ver de qué hablan las posturas enfrentadas en España que en Latinoamérica, donde ni las necesidades de la población, recursos, infraestructuras o comparativas rural-urbano, por poner unos ejemplos, son iguales.

Pero volviendo a mi experiencia, que se ciñe más a mi entorno nacional, con el paso de los años he seguido todavía asistiendo a este tipo de debates. Me he topado con personas para las que parece que desarrollar cultura y democracia, por poner un ejemplo, están contrapuestos a generar actividad económica. Vamos, que, o eres del Real Madrid o eres del Futbol Club Barcelona, no se admite la opción de que seas de otro equipo y mucho menos que simplemente te guste el futbol sin ser partidario de ningún equipo.

Evidentemente el desarrollo económico no debe generarse a cualquier precio, para lo cual es muy útil pensar en términos de desarrollo sostenible; es decir, conjugar lo social, lo medioambiental y lo económico. Está claro que sería desarrollo económico poner una gran industria contaminante en medio de un entorno natural protegido para explotar sus recursos, generando gran cantidad de empleos, pero desde luego no sería inteligente. Al igual que en la postura contraria se podrían edificar teatros en todos los municipios de una comarca, pero si la gente no tiene un trabajo que le permita vivir dignamente acabaría marchándose a donde le faciliten la oportunidad de obtenerlo.

Por supuesto que esta bipolaridad es más teórica que práctica, y afortunadamente existe una zona de grises donde verdaderamente integrar todas estas posturas. Creo que el camino que siguen los Grupos de Acción Local, determinadas entidades en cooperación internacional, y cómo no, el buen hacer de la mayoría de los profesionales del desarrollo local, están facilitando la coexistencia entre ambas posturas, con independencia del enfoque del proyecto con el que trabajan.

Los diferentes programas y proyectos de desarrollo local les aplican las personas, y aunque se diga que “el sentido común es el menos común de los sentidos”, no es más que una frase hecha y lo habitual es aplicar un desarrollo conjunto de todos los criterios que conducen a generar desarrollo local sostenible.

En mi opinión ambas posturas son dos caras de una misma moneda. No se trata de que una postura quede por encima de otra, consiste en ver cómo se conjugan, en cómo articulan sus actuaciones en pos del mismo objetivo.

¿Has percibido esta dualidad y te ha afectado a la hora de trabajar? ¿Cómo has conciliado ambas posturas?

 

 

Fotografía: Por PDPics CC0 Public Domain. [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], vía http://pixabay.com/

Infraestructuras industriales y de negocios vacías, (o La casa por el tejado).

Infraestructuras industriales y de negocios vacías, (o La casa por el tejado).

Durante la primera década de este siglo asistimos en España a la proliferación de diversas infraestructuras para dinamizar y favorecer la actividad económica facilitando la instalación física de ésta. Como ejemplos más significativos nos encontramos con polígonos industriales, centros tecnológicos, centros de negocios, y viveros e incubadoras de empresas.

Todo ello financiado con dinero público, proveniente mayoritariamente de la Unión Europea, y gestionado por el Gobierno de España y las comunidades autónomas, aunque no faltan ejemplos de ayuntamientos que arriesgaron también recursos propios en concurrencia con otras subvenciones y ayudas provenientes de sus diputaciones y/o gobiernos regionales para logar algún tipo de infraestructura.

Hasta finales del siglo XX, la existencia de estas infraestructuras era limitada, y conllevaba un gran esfuerzo por parte de las administraciones públicas. Aquellos municipios más grandes y solventes eran apoyados por el Instituto Nacional de Industria (INI), y por su sucesor, a partir de 1995, el Servicio Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). Y aquellos municipios más pequeños, y por tanto con recursos más limitados, realizando un concienzudo y prolongado trabajo en el tiempo: ahora una explanación, al próximo año las acometidas de agua y luz, etc. Sin embargo las cosas cambiaron.

La asunción de nuevas competencias por parte de los gobiernos regionales y la inyección económica que la Unión Europea estaba significando para las Regiones Objetivo I y II, supuso una enorme fluidez económica para la Administración, que no encontraba problemas para financiar sus deudas. De modo que empezaron a proliferar los polígonos industriales y tecnológicos, los centros de negocios y demás figuras pensadas para dinamizar la actividad económica. Se dio incluso el caso de diputaciones que crearon sociedades para su desarrollo provincial como organismos paralelos a los nacionales y regionales.

Las infraestructuras para favorecer la actividad económica empezaron a surgir a lo largo y ancho del territorio nacional, con una planificación que obedecía más a los contactos que tuviesen o supiesen mover los políticos municipales, que a planteamientos serios basados en rigurosos informes y en prospecciones y compromisos más o menos formales para obtener una cierta ocupación.

Y que conste que los políticos municipales, en especial los de los municipios con población y recursos más escasos, son los que menos culpa tuvieron de este desaguisado. Recuerdo mis conversaciones con algunos de ellos. Se movieron pensando en obtener un infraestructura que generase un beneficio para su municipio, en ocasiones pensando en sacar algunas actividades “molestas” para los vecinos de la zona habitada, otras pensando en aprovechar alguna de las autovías que pasaba junto a su pueblo, y siempre pensando en que de paso tendrían espacio por si alguno de sus vecinos decidía ampliar su negocio o algún joven montar el suyo propio.

En la base de todo esto subyacía un pensamiento bastante simple: Si se ofrecía la infraestructura a continuación se llenarían las instalaciones de empresarios y emprendedores en ellas; creo que de todos es conocido lo fácil y sencillo que resulta en este país crear una empresa. Bueno, ironías aparte, lo cierto es que no se cumplieron tan altas expectativas.

El hecho de que la instalación de esas infraestructuras se condicionase a la promesa de tal o cual director general, consejero, presidente autonómico o alto cargo ministerial hizo que se perdiese de vista el rigor a la hora de redactar los informes técnicos que aconsejaban o no la instalación de las mismas. De modo que se clientelizó la función administrativa en vez de velar por la objetividad.

No hay que olvidar que estas infraestructuras no salen gratis. Como caso arquetípico tenemos los polígonos industriales. En ellos se vendía la parcela para construir las instalaciones acorde a todos los costes que había supuesto urbanizar los terrenos donde se ubicaba el polígono. A medida que se iban vendiendo las parcelas la inversión se amortizaba, pero muchas no se vendieron y la administración o sociedad pública titular de las mismas además de quedarse con la parcela en muchas ocasiones se quedaba con la deuda financiera.

En fin, que ahora tenemos polígonos urbanizados sin naves construidas, oficinas y centros de negocios vacíos, viveros de empresas utilizados como cocheras para vehículos municipales… muy en la línea de los aeropuerto sin aviones, aunque sin llegar a ser esas ser obras tan faraónicas.

… Y lo más sangrante del caso es que todas estas figuras con un uso correcto y racional son de gran utilidad para emprendedores y empresarios.

 

¿Conoces algún caso que te llame la atención? ¿Cómo volverías a dinamizar la actividad en los mismos?

 

Fotografía: Por  Allodium   CC0 Public Domain  [http://pixabay.com/es/service/terms/#download_terms], vía http://pixabay.com/